LA ORACIÓN DE CADA DÍA

Todo tiempo es tiempo de Dios.

Elige el día y la hora. Haz silencio, y encuentra tu oración.

Calendario de España

02 ¿Qué deseas rezar?

miércoles 30 de octubre de 2024

Oficio de lectura

Miércoles de la 30ª semana del Tiempo Ordinario

Tiempo ordinario

Texto

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

Estate, Señor, conmigo
siempre, sin jamás partirte,
y, cuando decidas irte,
llévame, Señor, contigo;

porque el pensar que te irás
me causa un terrible miedo
de si yo sin ti me quedo,
de si tú sin mí te vas.

Llévame en tu compañía,
donde tú vayas, Jesús,
porque bien sé que eres tú
la vida del alma mía;

si tú vida no me das,
yo sé que vivir no puedo,
ni si yo sin ti me quedo,
ni si tú sin mí te vas.

Por eso, más que a la muerte,
temo, Señor, tu partida
y quiero perder la vida
mil veces más que perderte;

pues la inmortal que tú das
sé que alcanzarla no puedo
cuando yo sin ti me quedo,
cuando tú sin mí te vas. Amén.

O bien:

Padre: has de oír
este decir
que se me abre en los labios como flor.

Te llamaré
Padre, porque
la palabra me sabe a más amor.

Tuyo me sé,
pues me miré
en mi carne prendido tu fulgor.

Me has de ayudar
a caminar,
sin deshojar mi rosa de esplendor.

Por cuanto soy
gracias te doy:
por el milagro de vivir.

Y por el ver
la tarde arder,
por el encantamiento de existir.

Y para ir,
Padre, hacia ti,
dame tu mano suave y tu amistad.

Pues te diré:
sólo no sé
ir rectamente hacia tu claridad.

Tras el vivir,
dame el dormir
con los que aquí anudaste a mi querer.

Dame, Señor,
hondo soñar.
¡Hogar dentro de ti nos has de hacer! Amén.

Salmodia

Ant. 1

También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.

Salmo 38-I: Súplica de un enfermo

Yo me dije: «vigilaré mi proceder,
para que no se me vaya la lengua;
pondré una mordaza a mi boca
mientras el impío esté presente.»

Guardé silencio resignado,
no hablé con ligereza;
pero mi herida empeoró,
y el corazón me ardía por dentro;
pensándolo me requemaba,
hasta que solté la lengua.

«Señor, dame a conocer mi fin
y cuál es la medida de mis años,
para que comprenda lo caduco que soy.»

Me concediste un palmo de vida,
mis días son nada ante ti;
el hombre no dura más que un soplo,
el hombre pasa como una sombra,
por un soplo se afana,
atesora sin saber para quién.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.

Ant. 2

Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.

Salmo 38-II

Y ahora, Señor, ¿qué esperanza me queda?
Tú eres mi confianza.
Líbrame de mis inquietudes,
no me hagas la burla de los necios.

Enmudezco, no abro la boca,
porque eres tú quien lo ha hecho.
Aparta de mí tus golpes,
que el ímpetu de tu mano me acaba.

Escarmientas al hombre
castigando su culpa;
como una polilla roes sus tesoros;
el hombre no es más que un soplo.

Escucha, Señor, mi oración,
haz caso de mis gritos,
no seas sordo a mi llanto;

porque yo soy huésped tuyo,
forastero como todos mis padres.
Aplácate, dame respiro,
antes de que pase y no exista.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.

Ant. 3

Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.

Salmo 51: Contra la violencia de los calumniadores

¿Por qué te glorías de la maldad
y te envalentonas contra el piadoso?
Estás todo el día maquinando injusticias,
tu lengua es navaja afilada,
autor de fraudes;

prefieres el mal al bien,
la mentira a la honradez;
prefieres las palabras corrosivas,
lengua embustera.

Pues Dios te destruirá para siempre,
te abatirá y te barrerá de tu tienda;
arrancará tus raíces
del suelo vital.

Lo verán los justos, y temerán,
y se reirán de él:
«Mirad al valiente
que no puso en Dios su apoyo,
confió en sus muchas riquezas,
se insolentó en sus crímenes.»

Pero yo, como verde olivo,
en la casa de Dios,
confío en la misericordia de Dios
por siempre jamás.

Te daré siempre gracias
porque has actuado;
proclamaré delante de tus fieles:
«Tu nombre es bueno»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.

Versículo

℣. Mi alma espera en el Señor.

℟. Espera en su palabra.

Primera lectura

Del libro de la Sabiduría Sb 4, 1-20

La verdadera y la falsa felicidad

Más vale no tener hijos y tener virtud, pues su recuerdo es inmortal y es reconocida por Dios y por los hombres: presente, la imitan; ausente, la añoran; y en la eternidad desfila en triunfo coronada, pues venció en la lucha de premios intachables.

En cambio, la familia numerosa de los impíos será inútil; sus retoños bastardos no echarán raíces profundas ni tendrá base sólida. Aunque sus ramas verdeen temporalmente, será sacudida por el viento a causa de su caducidad y arrancada de raíz por el huracán enfurecido. Sus ramas aún tiernas se troncharán, su fruto será inútil, inmaduro para comerlo, y nada se aprovechará.

Pues los hijos nacidos de uniones ilícitas son testigos de la maldad de los padres a la hora de su examen. El justo, aunque muera prematuramente, tendrá descanso, pues la ancianidad venerable no consiste en larga vida ni se mide por los años.

Que las canas del hombre son la prudencia y la edad avanzada, una vida intachable. Fue amado, porque agradaba a Dios; fue trasladado, porque vivía entre pecadores. Fue arrebatado para que la maldad no pervirtiera su inteligencia o el engaño sedujera su alma; pues la fascinación del mal ensombrece el bien y el frenesí del deseo pervierte al espíritu ingenuo.

Madurando en poco tiempo, completó una larga vida, y como su alma era agradable al Señor, se apresuró a escapar de la maldad. La gente lo ve y no lo entiende; no les cabe esto en la cabeza: que la gracia y la misericordia están destinadas a sus elegidos, y su salvación, a sus santos.

El justo que muere condena a los impíos que viven, y la juventud prematuramente realizada, a la longevidad del malvado. Ven la muerte del sabio, pero no comprenden su propósito, ni por qué el Señor lo ha puesto a salvo. Lo ven y lo desprecian, pero el Señor se reirá de ellos. Más tarde serán cadáveres sin honra, objeto de ultraje entre los muertos para siempre.

Pues los estrellará de cabeza y sin rechistar, los removerá de sus cimientos; quedarán totalmente asolados y sumidos en el dolor; y su recuerdo se perderá. Acudirán asustados a dar cuenta de sus pecados y sus propios delitos los acusarán a la cara.

Responsorio

℣. Más vale ser virtuoso, aunque sin hijos; * la virtud, la conocen Dios y los hombres.

℟. La religión pura ante Dios, nuestro Padre, consiste en esto: en conservarse limpio de toda mancha en este mundo.

℟. La virtud, la conocen Dios y los hombres.

Segunda lectura

San Clemente I, papa Carta a los Corintios 30, 3-4; 34, 2-35, 5

Sigamos la senda de la verdad

Revistámonos de concordia, manteniéndonos en la humildad y en la continencia, apartándonos de toda murmuración y de toda crítica y manifestando nuestra justicia más por medio de nuestras obras que con nuestras palabras. Porque está escrito: ¿Va a quedar sin respuesta tal palabrería?, ¿va a tener razón el charlatán?

Es necesario, por tanto, que estemos siempre dispuestos a obrar el bien, pues todo cuanto poseemos nos lo ha dado Dios. Él, en efecto, ya nos ha prevenido, diciendo: Mirad, el Señor Dios llega, y viene con él su salario para pagar a cada uno su propio trabajo. De esta forma, pues, nos exhorta a nosotros, que creemos en él con todo nuestro corazón, a que, sin pereza ni desidia, nos entreguemos al ejercicio de las buenas obras. Nuestra gloria y nuestra confianza estén siempre en él; vivamos siempre sumisos a su voluntad y pensemos en la multitud de ángeles que están en su presencia, siempre dispuestos a cumplir sus órdenes. Dice, en efecto, la Escritura: Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes y gritaban, diciendo: «¡Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de su gloria!».

Nosotros, pues, también con un solo corazón y con una sola voz, elevemos el canto de nuestra común fidelidad, aclamando sin cesar al Señor, a fin de tener también nuestra parte en sus grandes y maravillosas promesas. Porque él ha dicho: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.

¡Qué grandes y maravillosos son, amados hermanos, lo dones de Dios! La vida en la inmortalidad, el esplendor en la justicia, la verdad en la libertad, la fe en la confianza la templanza en la santidad; y todos estos dones son lo que están, ya desde ahora, al alcance de nuestro conocimiento. ¿Y cuáles serán, pues, los bienes que están preparados para los que lo aman? Solamente los conoce el Artífice supremo, el Padre de los siglos; sólo él sabe su número y su belleza.

Nosotros, pues, si deseamos alcanzar estos dones, procuremos, con todo ahínco, ser contados entre aquellos que esperan su llegada. ¿Y cómo podremos lograrlo, amados hermanos? Uniendo a Dios nuestra alma con toda nuestra fe, buscando siempre con diligencia lo que es grato y acepto a sus ojos, realizando lo que está de acuerdo con su santa voluntad, siguiendo la senda de la verdad y rechazando de nuestra vida toda injusticia.

Responsorio

℟. Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; porque tú eres mi Dios y Salvador, y todo el día te estoy esperando.

℣. Mírame y ten piedad de mí, que estoy solo y afligido.

℟. Porque tú eres mi Dios y Salvador, y todo el día te estoy esperando.

Oración

Dios todopoderoso y eterno, aumenta nuestra fe, esperanza y caridad, y, para conseguir tus promesas, concédenos amar tus preceptos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

Volver al inicio ↑