LA ORACIÓN DE CADA DÍA

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02 ¿Qué deseas rezar?

sábado 7 de octubre de 2023

Oficio de lectura

Bienaventurada Virgen María del Rosario

Tiempo ordinario

Texto

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

María, pureza en vuelo,
Virgen de vírgenes, danos
la gracia de ser humanos
sin olvidarnos del cielo.

Enséñanos a vivir;
ayúdenos tu oración;
danos en la tentación
la gracia de resistir.

Honor a la Trinidad
por esta limpia victoria.
Y gloria por esta gloria
que alegra la cristiandad. Amén.

Salmodia

Ant. 1

Vendrá el Señor y no callará.

Salmo 49-I: El verdadero culto a Dios

El Dios de los dioses, el Señor, habla:
convoca la tierra de oriente a occidente.
Desde Sion, la hermosa, Dios resplandece:
viene nuestro Dios, y no callará.

Lo precede fuego voraz,
lo rodea tempestad violenta.
Desde lo alto convoca cielo y tierra
para juzgar a su pueblo:

«Congregadme a mis fieles,
que sellaron mi pacto con un sacrificio».
Proclame el cielo su justicia;
Dios en persona va a juzgar.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

Vendrá el Señor y no callará.

Ant. 2

Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza.

Salmo 49-II

«Escucha, pueblo mío, que voy a hablarte;
Israel, voy a dar testimonio contra ti;
Yo, Dios, tu Dios.

No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños;

Pues las fieras de la selva son mías,
y hay miles de bestias en mis montes;
conozco todos los pájaros del cielo,
tengo a mano cuanto se agita en los campos.

Si tuviera hambre, no te lo diría;
pues el orbe y cuanto lo llena es mío.
¿Comeré yo carne de toros,
beberé sangre de cabritos?

Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza,
cumple tus votos al Altísimo
e invócame el día del peligro:
yo te libraré y tú me darás gloria».

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza.

Ant. 3

Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos.

Salmo 49-III

Dios dice al pecador:
«¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?

Cuando ves un ladrón, corres con él;
te mezclas con los adúlteros;
sueltas tu lengua para el mal,
tu boca urde el engaño;

te sientas a hablar contra tu hermano,
deshonras al hijo de tu madre;
esto haces, ¿y me voy callar?
¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara.

Atención los que olvidáis a Dios,
no sea que os destroce sin remedio.

El que me ofrece acción de gracias,
ese me honra;
al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios».

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos.

Versículo

℣. Escucha, pueblo mío, que voy a hablarte.

℟. Yo, Dios, tu Dios.

Primera lectura

Del segundo libro de los Reyes 2 Re 20, 1-19

Curación de Ezequías y profecía del Exilio en Babilonia

En aquellos días Ezequías cayó enfermo de muerte. El profeta Isaías, hijo de Amós, vino a decirle: «Así habla el Señor: Pon orden en tu casa, pues eres hombre muerto y no revivirás.» Ezequías volvió la cara a la pared y oró al Señor: «¡Ah, Señor!, recuerda que he caminado ante ti con sinceridad y un corazón íntegro, haciendo lo recto a tu ojos.» Y Ezequías lloró deshecho en lágrimas.

Antes de que Isaías abandonara el patio central, le llegó la palabra del Señor en estos términos: «Vuelve y di a Ezequías, jefe de mi pueblo: Así habla el Señor, el Dios de tu padre David: He escuchado tu plegaria y he visto tus lágrimas. Voy a curarte; al tercer día subirás al templo del Señor. Añadiré otros quince años a tu vida. Te libraré además, a ti y a esta ciudad, de la mano del rey de Asiria, y, por mi honor y el de David, mi siervo, extenderé mi protección sobre esta ciudad.»

Isaías dijo entonces: «Traed una torta de higos.» La trajeron, la aplicaron sobre la úlcera y quedó sano.

Ezequías dijo a Isaías: «¿Cuál será la señal de que el Señor me va a curar y de que al tercer día subiré al templo del Señor?» Isaías respondió: «Ésta es la señal que el Señor te envía de que cumplirá lo prometido: ¿Avanzará o retrocederá la sombra diez gradas?» Ezequías dijo: «Es fácil que la sombra se alargue diez gradas, pero no que retroceda diez gradas.» El profeta Isaías invocó al Señor y el Señor hizo que la sombra retrocediera las diez gradas que había recorrido en las escalinatas de Ajaz.

En aquel tiempo, Merodac Baladán, hijo de Baladán, rey de Babilonia, enterado de que Ezequías había estado enfermo, le envió cartas y un presente. Ezequías se alegró por ello y enseñó a los mensajeros su cámara del tesoro, la plata, el oro, los aromas y el aceite perfumado, así como su arsenal y todo cuanto había en los tesoros; no quedó nada en su palacio y en todos sus dominios que Ezequías no les mostrara.

Entonces el profeta Isaías se presentó al rey Ezequías y le dijo: «¿Qué te han dicho estos hombres y de dónde han venido?» Respondió Ezequías: «Han venido de un país lejano, de Babilonia.»

Preguntó de nuevo: «¿Qué han visto en tu palacio?» Respondió Ezequías: «Han visto todo cuanto hay en mi palacio; no quedó nada en los tesoros por enseñarles.»

Isaías dijo a Ezequías: «Escucha la palabra del Señor: Llega el tiempo en que se llevarán a Babilonia cuanto hay en tu palacio y cuanto atesoraron tus padres hasta el día de hoy. No quedará nada, dice el Señor. A algunos de tus hijos, salidos de ti, que tú engendraste, se los llevarán para convertirlos en eunucos en el palacio del rey de Babilonia.» Ezequías respondió a Isaías: «Está bien la palabra del Señor que me anuncias.» Pensaba para sí: «¿No quiere eso decir que a lo largo de mi vida habrá paz y tranquilidad?»

Responsorio

℣. Yo pensé: En medio de mis días tengo que marchar hacia las puertas del abismo. * Detuviste mi alma ante la tumba vacía.

℟. Levantan y enrollan mi vida, y me cortan la trama.

℟. Detuviste mi alma ante la tumba vacía.

Segunda lectura

San Bernardo Sermón sobre el acueducto (Opera Ominia, ed. cirsterciense, 5 [1968], 282-283)

Conviene meditar los misterios de salvación

El Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. ¡La fuente de la sabiduría, la Palabra del Padre en las alturas! Esta Palabra, por tu mediación, Virgen santa, se hará carne, de manera que el mismo que afirma: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí podrá afirmar igualmente: Yo salí de Dios, y aquí estoy.

En el principio -dice el Evangelio- ya existía la Palabra. Manaba ya la fuente, pero hasta entonces sólo dentro de sí misma. Y continúa el texto sagrado: Y la Palabra estaba junto a Dios, es decir, morando en la luz inaccesible; y el Señor decía desde el principio: Mis designios son de paz y no de aflicción. Pero tus designios están escondidos en ti, y nosotros no los conocemos; porque ¿quién había penetrado la mente del Señor?, o ¿quién había sido su consejero?

Pero llegó el momento en que estos designios de paz se convirtieron en obra de paz: La Palabra se hizo carne y ha acampado ya entre nosotros; ha acampado, ciertamente, por la fe en nuestros corazones, ha acampado en nuestra memoria, ha acampado en nuestro pensamiento y desciende hasta la misma imaginación. En efecto, ¿qué idea de Dios hubiera podido antes formarse el hombre que no fuese un ídolo fabricado por su corazón? Era incomprensible e inaccesible, invisible y superior a todo pensamiento humano; pero ahora ha querido ser comprendido, visto, accesible a nuestra inteligencia.

¿De qué modo?, te preguntarás. Pues yaciendo en un pesebre, reposando en el regazo virginal, predicando en la montaña, pasando la noche en oración; o bien pendiente de la cruz, en la lividez de la muerte, libre entre los muertos y dominando sobre el poder de la muerte, como también resucitando al tercer día y mostrando a los apóstoles la marca de los clavos, como signo de victoria, y subiendo finalmente, ante la mirada de ellos, hasta lo más íntimo de los cielos.

¿Hay algo de esto que no sea objeto de una verdadera, piadosa y santa meditación? Cuando medito en cualquiera de estas cosas, mi pensamiento va hasta Dios y, a través de todas ellas, llego hasta mi Dios. A esta meditación la llamo sabiduría, y para mí la prudencia consiste en ir saboreando en la memoria la dulzura que la vara sacerdotal infundió tan abundantemente en estos frutos, dulzura de la que María disfruta con toda plenitud en el cielo y la derrama abundantemente sobre nosotros.

Responsorio

℟. No hay nadie semejante a ti, Virgen María, entre las hijas de Jerusalén: tú eres la madre del Rey de los reyes, tú la señora de los ángeles, tú la reina de los cielos. Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre.

℣. Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.

℟. Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre.

Oración

Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que, por el anuncio del ángel, hemos conocido la encarnación de tu Hijo, para que lleguemos, por su pasión y su cruz, y con la intercesión de la Virgen María, a la gloria de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

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