viernes 11 de agosto de 2023
Oficio de lectura
Santa Clara, virgen
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
Puerta de Dios en el redil humano
fue Cristo el buen Pastor que al mundo vino;
glorioso va delante del rebaño,
guiando su marchar por buen camino.
Madero de la cruz es su cayado,
su voz es la verdad que a todos llama,
su amor es el del Padre, que le ha dado
Espíritu de Dios que a todos ama.
Pastores del Señor son sus ungidos,
nuevos cristos de Dios, son enviados
a los pueblos del mundo redimidos;
del único Pastor siervos amados.
La cruz de su Señor es su cayado,
la voz de su verdad es su llamada,
los pastos de su amor, fecundo prado,
son vida del Señor que nos es dada. Amén.
Salmodia
Señor, no me castigues con cólera.
Salmo 37-I: Oración de un pecador en peligro de muerte
Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera;
tus flechas se me han clavado,
tu mano pesa sobre mí;
no hay parte ilesa en mi carne
a causa de tu furor,
no tienen descanso mis huesos
a causa de mis pecados;
mis culpas sobrepasan mi cabeza,
son un peso superior a mis fuerzas.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Señor, no me castigues con cólera.
Señor, todas mis ansias están en tu presencia.
Salmo 37-II
Mis llagas están podridas y supuran
por causa de mi insensatez;
voy encorvado y encogido,
todo el día camino sombrío.
Tengo las espaldas ardiendo,
no hay parte ilesa en mi carne;
estoy agotado, deshecho del todo;
rujo con más fuerza que un león.
Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia,
no se te ocultan mis gemidos;
siento palpitar mi corazón,
me abandonan las fuerzas,
y me falta hasta la luz de los ojos.
Mis amigos y compañeros se alejan de mí,
mis parientes se quedan a distancia;
me tienden lazos los que atentan contra mí,
los que desean mi daño me amenazan de muerte,
todo el día murmuran traiciones.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Señor, todas mis ansias están en tu presencia.
Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.
Salmo 37-III
Pero yo, como un sordo, no oigo;
como un mudo, no abro la boca;
soy como uno que no oye
y no puede replicar.
En ti, Señor, espero,
y tú me escucharás, Señor, Dios mío;
esto pido: que no se alegren por mi causa,
que, cuando resbale mi pie, no canten triunfo.
Porque yo estoy a punto de caer,
y mi pena no se aparta de mí:
yo confieso mi culpa,
me aflige mi pecado.
Mis enemigos mortales son poderosos,
son muchos los que me aborrecen sin razón,
los que me pagan males por bienes,
los que me atacan cuando procuro el bien.
No me abandones, Señor;
Dios mío, no te quedes lejos;
ven aprisa a socorrerme,
Señor mío, mi salvación.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.
Versículo
℣. Todos se admiraban de las palabras de gracia.
℟. Que salían de sus labios.
Primera lectura
Del segundo libro de los Reyes 2 Re 3, 5-27
Eliseo, profeta de los reyes de Judá e Israel en la guerra contra los moabitas
Pero a la muerte de Ajab, el rey de Moab se rebeló contra el rey de Israel.
El rey Jorán salió aquel día de Samaría y pasó revista a todo Israel, al tiempo que enviaba a decir a Josafat, rey de Judá: «El rey de Moab se ha rebelado contra mí. ¿Vas a venir conmigo a la guerra contra Moab?» Respondió: «Subiré. Yo seré como tú; mi pueblo como tu pueblo, mis caballos como tus caballos.» Y preguntó: «¿Por qué camino hemos de subir?» Respondió: «Por el camino del desierto de Edom.»
El rey de Israel, el rey de Judá y el rey de Edom partieron e hicieron el recorrido de siete días de marcha. Faltó entonces el agua para el campamento y para las bestias de carga que les seguían. El rey de Israel dijo: «¡Ay! ¡El Señor ha convocado a estos tres reyes nada más que para entregarlos en manos de Moab!» Pero Josafat dijo: «¿No hay aquí algún profeta del Señor para consultar al Señor por medio de él?» Uno de los servidores del rey de Israel respondió: «Aquí está Eliseo, hijo de Safat, el que vertía el agua sobre las manos de Elías.» Dijo Josafat: «Por él llega la palabra del Señor.» El rey de Israel, Josafat, y el rey de Edom bajaron entonces donde él y Eliseo dijo al rey de Israel: «¿Qué tenemos que ver tú y yo? ¡Acude a los profetas de tu padre y a los de tu madre!» Pero el rey de Israel respondió: «No (hables así), pues el Señor ha convocado a estos tres reyes para entregarlos en manos de Moab.» Eliseo dijo entonces: «Vive el Señor Dios a quien sirvo, que si no fuera por la consideración que Josafat, rey de Judá, me merece, no había de mirarte ni te prestaría atención. Traedme ahora un músico.» Mientras el músico tañía, la mano del Señor vino sobre Eliseo, que dijo: «Así dice el Señor: `Excavad en este valle albercas y más albercasʹ, pues así dice el Señor: `No podréis vislumbrar viento ni lluvia y, sin embargo, esta torrentera se colmará de agua y beberéis vosotros, vuestros ejércitos y vuestros ganados.ʹ Y el Señor no se contenta con esto, pues entregará también a Moab en vuestras manos: tomaréis todas las ciudades amuralladas, talaréis los árboles mejores, cegaréis las fuentes todas y cubriréis con piedras los campos más fértiles.» A la mañana siguiente, a la hora de la ofrenda, comenzó a llegar agua de la dirección de Edom y la tierra se cubrió de agua.
Los moabitas todos habían oído que los reyes subían para atacarles. Movilizaron a los que estaban ya en edad de ceñir espada y de ahí en adelante, y se apostaron en la frontera. Cuando se levantaron por la mañana, el sol brillaba sobre las aguas. Los moabitas veían de frente las aguas rojas como sangre, y exclamaron: «Es sangre. Los reyes se han pasado a espada unos a otros, se han matado entre sí. Así que, ¡al botín, Moab!»
Pero cuando llegaron al campamento de Israel, los israelitas se alzaron y atacaron a los moabitas, que huían delante de ellos; avanzaron con ímpetu y derrotaron a Moab. Demolieron las ciudades, cada uno arrojó una piedra sobre las tierras fértiles hasta cubrirlas, cegaron todos los manantiales y talaron los árboles frutales. Sólo quedaron las murallas de Quir Jeres, pero los honderos la cercaron y la destruyeron. Viendo que la batalla arreciaba en su contra, el rey de Moab tomó consigo setecientos hombres que empuñaban espada y trató de abrir brecha hacia el rey de Aram, pero no lo consiguieron. Tomó entonces a su hijo primogénito, el que había de reinar tras él, y lo ofreció en holocausto sobre la muralla. Una cólera inmensa se desató entre los israelitas, que se retiraron apartándose de él y regresaron a su país.
Responsorio
℣. Eliseo recibió dos tercios del espíritu de Elías; en vida no temió a ninguno. * Nadie pudo sujetar su espíritu.
℟. En vida hizo maravillas y en muerte obras asombrosas.
℟. Nadie pudo sujetar su espíritu.
Segunda lectura
Santa Clara, virgen De la carta a santa Inés de Praga (Escritos de santa Clara, edición Ignacio Omaechevarría, Madrid 1970, pp. 339-341)
Atiende a la pobreza, la humildad y la caridad de Cristo
Dichoso, en verdad, aquel a quien le es dado alimentarse en el sagrado banquete y unirse en lo íntimo de su corazón a aquel cuya belleza admiran sin cesar las multitudes celestiales, cuyo afecto produce afecto, cuya contemplación da nueva fuerza, cuya benignidad sacia, cuya suavidad llena el alma, cuyo recuerdo ilumina suavemente, cuya fragancia retornará los muertos a la vida y cuya visión gloriosa hará felices a los ciudadanos de la Jerusalén celestial: él es el brillo de la gloria eterna, “un reflejo de la luz eterna, un espejo nítido”, el espejo que debes mirar cada día, oh reina, esposa de Jesucristo, y observar en él reflejada tu faz, para que así te vistas y adornes por dentro y por fuera con toda la variedad de flores de las diversas virtudes, que son las que han de constituir tu vestido y tu adorno, como conviene a una hija y esposa castísima del Rey supremo. En este espejo brilla la dichosa pobreza, la santa humildad y la inefable caridad, como puedes observar si, con la gracia de Dios, vas recorriendo sus diversas partes.
Atiende al principio de este espejo, quiero decir a la pobreza de aquel que fue puesto en un pesebre y envuelto en pañales. ¡Oh admirable humildad, oh pasmosa pobreza! El Rey de los ángeles, el Señor del cielo y de la tierra es reclinado en un pesebre. En el medio del espejo, considera la humildad, al menos la dichosa pobreza, los innumerables trabajos y penalidades que sufrió por la redención del género humano. Al final de este mismo espejo, contempla la inefable caridad por la que quiso sufrir en la cruz y morir en ella con la clase de muerte más infamante.
Este mismo espejo, clavado en la cruz, invitaba a los que pasaban a estas consideraciones, diciendo: “Vosotros, los que pasáis por el camino, mirad, fijaos: ¿Hay dolor como mi dolor?” Respondamos nosotros, a sus clamores y gemidos, con una sola voz y un solo espíritu: “No hago más que pensar en ello, y estoy abatido”. De este modo, tu caridad arderá con una fuerza siempre renovada, oh reina del Rey celestial.
Contemplando, además, sus inefables delicias, sus riquezas y honores perpetuos, y suspirando por el intenso deseo de tu corazón, proclamarás: «“Arrástrame tras de ti, y correremos atraídos por el aroma de tus perfumes”, esposo celestial. Correré sin desfallecer, hasta que me introduzcas en la sala del festín, hasta que tu mano izquierda esté bajo mi cabeza y tu diestra me abrace felizmente y me beses con los besos deliciosos de tu boca». Contemplando estas cosas, dígnate acordarte de esta tu insignificante madre, y sabe que yo tengo tu agradable recuerdo grabado de modo imborrable en mi corazón, ya que te amo más que nadie
Responsorio
℟. Oh verdad, luz de mi corazón, ya no me hablan mis tinieblas; me equivoqué, pero me he acordado de ti; y ahora vuelvo sediento y fatigado hasta tu fuente.
℣. He vivido sin vivir; mal he vivido por mí, pero en ti vuelvo a la vida.
℟. Y ahora vuelvo sediento y fatigado hasta tu fuente.
Oración
Oh Dios, que infundiste en santa Clara un profundo amor a la pobreza evangélica, concédenos, por su intercesión, que, siguiendo a Cristo en la pobreza de espíritu, merezcamos llegar a contemplarte en tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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