LA ORACIÓN DE CADA DÍA

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02 ¿Qué deseas rezar?

martes 22 de noviembre de 2022

Oficio de lectura

Santa Cecilia, virgen y mártir

Tiempo ordinario

Texto

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

Pléyade santa y noble de mártires insignes,
testigos inmortales del Cristo victimado;
dichosos, pues sufristeis la cruz de vuestro Amado
Señor, que a su dolor vuestro dolor ha unido.

Bebisteis por su amor el cáliz de la sangre,
dichosos cireneos, camino del Calvario,
seguisteis, no dejasteis a Jesús solitario,
elevasteis vuestra cruz junto a su cruz unida.

Rebosa ya el rosal de rosas escarlatas,
la luz del sol tiñe de rojo el cielo,
la muerte estupefacta contempla vuestro vuelo,
enjambre de profetas y justos perseguidos.

Vuestro valor intrépido deshaga cobardías
de cuantos en la vida persigue la injusticia;
siguiendo vuestras huellas, hagamos milicia,
sirviendo con amor la paz de Jesucristo. Amén.

Salmodia

Ant. 1

Levántate, Señor, y ven en mi auxilio.

Salmo 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-23. 27-28-I: Súplica contra los perseguidores injustos

Pelea, Señor, contra los que me atacan,
guerrea contra los que me hacen guerra;
empuña el escudo y la adarga,
levántate y ven en mi auxilio;
di a mi alma:
«Yo soy tu victoria.»

Y yo me alegraré con el Señor,
gozando de su victoria;
todo mi ser proclamará:
«Señor, ¿quién como Tú,
que defiendes al débil del poderoso,
al pobre y humilde del explotador?»

Se presentaban testigos violentos:
me acusaban de cosas que ni sabía,
me pagaban mal por bien,
dejándome desamparado.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

Levántate, Señor, y ven en mi auxilio.

Ant. 2

Juzga, Señor, y defiende mi causa, tú que eres poderoso.

Salmo 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-23. 27-28-II

Yo, en cambio, cuando estaban enfermos,
me vestía de saco,
me mortificaba con ayunos
y desde dentro repetía mi oración.

Como por un amigo o por un hermano,
andaba triste;
cabizbajo y sombrío,
como quien llora a su madre.

Pero, cuando yo tropecé, se alegraron,
se juntaron contra mí
y me golpearon por sorpresa;
me laceraban sin cesar.

Cruelmente se burlaban de mí,
rechinando los dientes de odio.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

Juzga, Señor, y defiende mi causa, tú que eres poderoso.

Ant. 3

Mi lengua anunciará tu justicia, todos los días te alabará, Señor.

Salmo 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-23. 27-28-III

Señor, ¿cuándo vas a mirarlo?
Defiende mi vida de los que rugen,
mi único bien, de los leones,

y te daré gracias en la gran asamblea,
te alabaré entre la multitud del pueblo.

Que no canten victoria mis enemigos traidores,
que no hagan guiños a mi costa
los que me odian sin razón.

Señor, tú lo has visto, no te calles,
Señor, no te quedes a distancia;
despierta, levántate, Dios mío,
Señor mío, defiende mi causa.

Que canten y se alegren
los que desean mi victoria,
que repitan siempre: «Grande es el Señor»
los que desean la paz a tu siervo.

Mi lengua anunciará tu justicia,
todos los días te alabará.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

Mi lengua anunciará tu justicia, todos los días te alabará, Señor.

Versículo

℣. Hijo mío, conserva mis palabras.

℟. Guarda mis mandatos, y vivirás.

Primera lectura

Del libro del profeta Daniel Dn 6, 3-27

Daniel liberado del foso de los leones

Darío decidió nombrar en su reino ciento veinte sátrapas para que gobernasen el reino, bajo el mando de tres ministros -entre los que estaba Daniel-, a quienes los sátrapas debían rendir cuentas, con el fin de impedir el menoscabo de los intereses del rey. Daniel sobresalía entre los ministros y los sátrapas por sus extraordinarias dotes, por lo que el rey proyectaba ponerlo al frente de todo el reino. Entonces los ministros y los sátrapas se pusieron a buscar algún motivo de acusación contra Daniel en lo referente a la administración del reino; pero no pudieron encontrar ningún indicio de acusación o falta, pues era leal y no se le podían reprochar negligencias o irregularidades. Y aquellos hombres se dijeron: «No encontraremos ningún motivo de acusación contra este Daniel si no es en materia de observancia religiosa.» Los ministros y sátrapas se presentaron, pues, inmediatamente ante el rey y le dijeron: «¡Viva el rey Darío por siempre! Todos los ministros del reino, prefectos, sátrapas, consejeros y gobernadores aconsejan unánimemente que se promulgue un edicto real con esta prohibición: Todo aquel que en el plazo de treinta días dirija una oración a cualquier dios u hombre, fuera de ti, majestad, será arrojado al foso de los leones. Así pues, majestad, sanciona esta prohibición y firma el edicto, para que no se modifique, conforme a la ley irrevocable de los medos y persas.» Ante esto, el rey Darío firmó el edicto con la prohibición.

Cuando Daniel se enteró de que había sido firmado el edicto, entró en su casa. Su habitación superior tenía las ventanas orientadas hacia Jerusalén y tres veces al día se arrodillaba, para orar y dar gracias a su Dios, como había hecho siempre. Entonces aquellos hombres llegaron de repente y sorprendieron a Daniel orando y suplicando a su Dios. Inmediatamente acudieron al rey y le recordaron la prohibición real: «¿No has firmado, tú una prohibición según la cual todo aquel que en el plazo de treinta días dirigiera una oración a cualquier dios u hombre, fuera de ti, majestad, sería arrojado al foso de los leones?» El rey respondió: «Así está establecido, según la ley irrevocable de los medos y los persas.» Y ellos replicaron: «Pues Daniel, el deportado judío, no te obedece a ti, majestad, ni la prohibición que tú has firmado, y reza sus oraciones tres veces al día.» Al oír esto, el rey se disgustó mucho y se propuso salvar a Daniel; hasta la puesta del sol estuvo intentando librarlo. Pero aquellos hombres volvieron en tropel ante el rey y le dijeron: «Recuerda, majestad, que según la ley de los medos y los persas toda prohibición o edicto real es irrevocable.»

Entonces el rey dio orden de traer a Daniel y de arrojarlo al foso de los leones. El rey dijo a Daniel: «Tu Dios, a quien sirves tan fielmente, te librará.» Trajeron una piedra para colocarla en la boca y el rey la selló con su anillo y con el de sus dignatarios, para que no se modificase la sentencia contra Daniel. Luego el rey regresó a su palacio y pasó la noche en ayunas, sin recibir concubinas y sin poder dormir. Al amanecer, el rey se levantó al rayar el alba y fue corriendo al foso de los leones. Conforme se acercaba, gritó a Daniel con voz angustiada: «Daniel, siervo del Dios vivo, ¿ha podido tu Dios, a quien sirves tan fielmente, librarte de los leones?» Y Daniel le respondió: «¡Viva el rey por siempre! Mi Dios ha enviado a su ángel, que ha cerrado la boca de los leones y no me han hecho daño, porque soy inocente ante él, como tampoco he hecho nada contra ti.» Entonces el rey se alegró mucho y mandó sacar a Daniel del foso. Cuando lo sacaron del foso, no le encontraron ni un rasguño, porque había confiado en su Dios. Y el rey mandó traer a aquellos hombres que habían acusado a Daniel y echarlos al foso de los leones junto con sus mujeres y sus hijos. Y aún no habían llegado al fondo del foso, cuando ya los leones se habían lanzado sobre ellos y los habían devorado.

Entonces, el rey Darío escribió a todos los pueblos, naciones y lenguas de toda la tierra: «¡Que vuestra paz se acreciente! Ordeno que en todos los dominios de mi reino sea respetado y temido el Dios de Daniel, porque él es el Dios vivo, que subsiste por siempre; su reino no será destruido y su imperio durará hasta el fin.

Responsorio

℣. Dios envió su ángel a cerrar las fauces de los leones, * y no me han hecho nada, porque ante él soy inocente.

℟. Dios ha enviado su gracia y su lealtad; he estado echado entre leones.

℟. Y no me han hecho nada, porque ante él soy inocente.

Segunda lectura

San Agustín de Hipona De los comentarios sobre los salmos (salmo 32, sermón 1, 7-8: CCL 38, 253-254)

Cantad a Dios con maestría y con júbilo

Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo. Despojaos de lo antiguo, ya que se os invita al cántico nuevo. Nuevo hombre, nuevo Testamento, nuevo cántico. El nuevo cántico no responde al hombre antiguo. Sólo pueden aprenderlo los hombres nuevos, renovados de su antigua condición por obra de la gracia y pertenecientes ya al nuevo Testamento, que es el reino de los cielos. Por él suspira todo nuestro amor y canta el cántico nuevo. Pero es nuestra vida, más que nuestra voz, la que debe cantar el cántico nuevo.

Cantadle un cántico nuevo, cantadle con maestría. Cada uno se pregunta cómo cantará a Dios. Cántale, pero hazlo bien. Él no admite un canto que ofenda sus oídos. Cantad bien, hermanos. Si se te pide que cantes para agradar a alguien entendido en música, no te atreverás a cantarle sin la debida preparación musical, por temor a desagradarle, ya que él, como perito en la materia, descubrirá unos defectos que pasarían desapercibidos a otro cualquiera. ¿Quién, pues, se prestará a cantar con maestría para Dios, que sabe juzgar del cantor, que sabe escuchar con oídos críticos? ¿Cuándo podrás prestarte a cantar con tanto arte y maestría que en nada desagrades a unos oídos tan perfectos?

Mas he aquí que Él mismo te sugiere la manera cómo has de cantarle: no te preocupes por las palabras, como si éstas fuesen capaces de expresar lo que deleita a Dios. Canta con júbilo. Éste es el canto que agrada a Dios, el que se hace con júbilo. ¿Qué quiere decir cantar con júbilo? Darse cuenta de que no podemos expresar con palabras lo que siente el corazón. En efecto, los que cantan, ya sea en la siega, ya en la vendimia o en algún otro trabajo intensivo, empiezan a cantar con palabras que manifiestan su alegría, pero luego es tan grande la alegría que los invade que, al no poder expresarla con palabras, prescinden de ellas y acaban en un simple sonido de júbilo.

El júbilo es un sonido que indica la incapacidad de expresar lo que siente el corazón. Y este modo de cantar es el más adecuado cuando se trata del Dios inefable. Porque, si es inefable, no puede ser traducido en palabras. Y, si no puedes traducirlo en palabras y, por otra parte, no te es licito callar, lo único que puedes hacer es cantar con júbilo. De este modo, el corazón se alegra sin palabras y la inmensidad del gozo no se ve limitada por unos vocablos. Cantadle con maestría y con júbilo.

Responsorio

℟. Llena está mi boca de tu alabanza y de tu gloria, todo el día; te aclamarán mis labios, Señor.

℣. Me alegro y exulto contigo y toco en honor de tu nombre, oh Altísimo.

℟. Te aclamarán mis labios, Señor.

Oración

Acoge nuestras súplicas, Señor, y, por intercesión de santa Cecilia, dígnate escucharnos con bondad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

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