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02 ¿Qué deseas rezar?

lunes 1 de agosto de 2022

Oficio de lectura

San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia

Tiempo ordinario

Texto

Invocación inicial

℣. Dios mío, ven en mi auxilio.

℟. Señor, date prisa en socorrerme.

℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno

Puerta de Dios en el redil humano
fue Cristo el buen Pastor que al mundo vino;
glorioso va delante del rebaño,
guiando su marchar por buen camino.

Madero de la cruz es su cayado,
su voz es la verdad que a todos llama,
su amor es el del Padre, que le ha dado
Espíritu de Dios que a todos ama.

Pastores del Señor son sus ungidos,
nuevos cristos de Dios, son enviados
a los pueblos del mundo redimidos;
del único Pastor siervos amados.

La cruz de su Señor es su cayado,
la voz de su verdad es su llamada,
los pastos de su amor, fecundo prado,
son vida del Señor que nos es dada. Amén.

Salmodia

Ant. 1

La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.

Salmo 17, 31-51-IV: Acción de gracias

Perfecto es el camino de Dios,
acendrada es la promesa del Señor;
Él es escudo para los que a él se acogen.

¿Quién es dios fuera del Señor?
¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?
Dios me ciñe de valor
y me enseña un camino perfecto;

Él me da pies de ciervo,
y me coloca en las alturas;
Él adiestra mis manos para la guerra,
y mis brazos para tensar la ballesta.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1

La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.

Ant. 2

Tu diestra, Señor, me sostuvo.

Salmo 17, 31-51-V

Me dejaste tu escudo protector,
tu diestra me sostuvo,
multiplicaste tus cuidados conmigo.
Ensanchaste el camino a mis pasos,
y no flaquearon mis tobillos;

yo perseguía al enemigo hasta alcanzarlo,
y no me volvía sin haberlo aniquilado:
los derroté, y no pudieron rehacerse,
cayeron bajo mis pies.

Me ceñiste de valor para la lucha,
doblegaste a los que me resistían;
hiciste volver la espalda a mis enemigos,
rechazaste a mis adversarios.

Pedían auxilio, pero nadie los salvaba;
gritaban al Señor, pero no les respondía.
Los reduje a polvo, que arrebataba el viento;
los pisoteaba como barro de las calles.

Me libraste de las contiendas de mi pueblo,
me hiciste cabeza de naciones,
un pueblo extraño fue mi vasallo.

Los extranjeros me adulaban,
me escuchaban y me obedecían.
Los extranjeros palidecían
y salían temblando de sus baluartes.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2

Tu diestra, Señor, me sostuvo.

Ant. 3

Viva el Señor, bendito sea mi Dios y Salvador.

Salmo 17, 31-51-VI

Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador:
el Dios que me dio el desquite
y me sometió los pueblos;

que me libró de mis enemigos,
me levantó sobre los que resistían
y me salvó del hombre cruel.

Por eso te daré gracias entre las naciones, Señor,
y tañeré en honor de tu nombre:
tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu Ungido,
de David y su linaje por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3

Viva el Señor, bendito sea mi Dios y Salvador.

Versículo

℣. Ábreme, Señor, los ojos.

℟. Y contemplaré las maravillas de tu voluntad.

Primera lectura

Del libro del profeta Joel Jl 1, 1.13-20; 2, 1-11

Está cerca el Día del Señor

Palabra del Señor que fue dirigida a Joel, hijo de Petuel.

¡Vestíos de luto, sacerdotes, lamentaos, ministros del altar; venid, pasad la noche en duelo, ministros de mi Dios, porque al templo de vuestro Dios se le han negado ofrenda y libación!

Promulgad un ayuno, convocad la asamblea, reuníos, ancianos y todos los habitantes del país, en el templo del Señor, vuestro Dios, y clamad al Señor: «¡Ay, el Día, que está cerca el Día del Señor, ya llega como devastación del Todopoderoso!» ¿No han sido arrancados ante nuestros ojos la comida, la alegría y el júbilo del templo de nuestro Dios?

Se han secado las semillas bajo los terrones; los graneros han sido devastados y los silos arruinados, porque falta el grano. ¡Cómo muge el ganado, cómo vagan sin rumbo las vacadas, porque no tienen pastos! ¡Hasta los rebaños de ovejas lo pagan!

A ti clamo, Señor, porque el fuego ha devorado los pastos de la estepa, las llamas han abrasado todos los árboles del campo. Hasta las bestias del campo jadean tras de ti, porque están secos las cauces de agua, y el fuego ha devorado los pastos de la estepa.

¡Tocad la trompeta en Sion, clamad en mi monte santo! ¡Tiemblen todos los habitantes del país, porque llega el Día del Señor, porque está cerca! ¡Día de tinieblas y de oscuridad, día de nubarrones y densa niebla!

Como la aurora sobre los montes, se despliega un pueblo innumerable y poderoso, como jamás hubo otro, ni lo habrá después de él en muchas generaciones.

Delante de él devora el fuego, detrás de él abrasa la llama. Ante él la tierra es un paraíso, tras él, un desierto desolado. ¡No deja escapatoria! Su aspecto es de corceles, de jinetes que galopan. Su estrépito es de carros que saltan por las cimas de los montes, como el crepitar de la llama de fuego que consume la hojarasca, ¡como un ejército poderoso en orden de batalla! A su vista tiemblan los pueblos, todos los rostros mudan de color.

Corren como valientes, como guerreros escalan las murallas; cada uno avanza en su puesto sin descomponer las filas. Nadie tropieza con su vecino, cada cual sigue su ruta; entre las saetas arremeten sin romper la formación.

Asaltan la ciudad, escalan la muralla, suben hasta las casas, a través de las ventanas entran como ladrones. ¡Ante ellos tiembla la tierra, se estremecen los cielos, el sol y la luna se oscurecen y las estrellas pierden su brillo!

El Señor alza la voz al frente de su ejército, porque son innumerables sus batallones, porque es poderoso el ejecutor de sus órdenes, porque es grande el Día del Señor y muy terrible: ¿quién podrá soportarlo?

Responsorio

℣. Grande es el día del Señor, terrible es, ¿quién lo resistirá? * Pero ahora convertíos al Señor, vuestro Dios, porque es compasivo y misericordioso.

℟. Ha llegado el día grande de la ira del que está sentado en el trono y del Cordero: y ¿quién podrá resistir?

℟. Pero ahora convertíos al Señor, vuestro Dios, porque es compasivo y misericordioso.

Segunda lectura

San Alfonso María de Ligorio Tratado sobre la práctica del amor a Jesucristo, edición latina, Roma, 1909, pp 9-14

El amor a Cristo

Toda la santidad y la perfección del alma consiste en el amor a Jesucristo, nuestro Dios, nuestro sumo bien y nuestro redentor. La caridad es la que da unidad y consistencia a todas las virtudes que hacen al hombre perfecto.

¿Por ventura Dios no merece todo nuestro amor? Él nos ha amado desde toda la eternidad. «Considera, oh hombre -así nos habla-, que yo he sido el primero en amarte. Aún no habías nacido, ni siquiera existía el mundo, y yo ya te amaba. Desde que existo, yo te amo».

Dios, sabiendo que al hombre se lo gana con beneficios, quiso llenarlo de dones para que se sintiera obligado a amarlo: «Quiero atraer a los hombres a mi amor con los mismos lazos con que habitualmente se dejan seducir: con los vínculos del amor». Y éste es el motivo de todos los dones que concedió al hombre. Además de haber dado un alma dotada, a imagen suya, de memoria, entendimiento y voluntad, y un cuerpo con sus sentidos, no contento con esto, creó, en beneficio suyo, el cielo y la tierra y tanta abundancia de cosas, y todo ello por amor al hombre, para que todas aquellas criaturas estuvieran al servicio del hombre, y así el hombre lo amara a él en atención a tantos beneficios.

Y no sólo quiso darnos aquellas criaturas, con toda su hermosura, sino que además, con el objeto de conquistarse nuestro amor, llegó al extremo de darse a sí mismo por entero a nosotros. El Padre eterno llegó a darnos a su Hijo único. Viendo que todos nosotros estábamos muertos por el pecado y privados de su gracia, ¿que es lo que hizo? Llevado por su amor inmenso, mejor aún, excesivo, como dice el Apóstol, nos envió a su Hijo amado para satisfacer por nuestros pecados y para restituirnos a la vida, que habíamos perdido por el pecado.

Dándonos al Hijo, al que no perdonó, para perdonarnos a nosotros, nos dio con él todo bien: la gracia, la caridad y el paraíso, ya que todas estas cosas son ciertamente menos que el Hijo: El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?

Responsorio

℟. El Señor satisface los deseos de sus fieles, escucha sus gritos y los salva. El Señor guarda a los que lo aman.

℣. Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado, porque su germen permanece en él.

℟. El Señor guarda a los que lo aman.

Oración

Oh Dios, que suscitas continuamente en tu Iglesia nuevos ejemplos de santidad, concédenos la gracia de imitar en el celo apostólico a tu obispo san Alfonso María de Ligorio, para que podamos compartir en el cielo su misma recompensa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

Conclusión

℣. Bendigamos al Señor.

℟. Demos gracias a Dios.

Permanezcamos en la paz del Señor.

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