viernes 15 de julio de 2022
Oficio de lectura
San Buenaventura, obispo y doctor de la Iglesia
Tiempo ordinario
Invocación inicial
℣. Dios mío, ven en mi auxilio.
℟. Señor, date prisa en socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
℟. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
Himno
Puerta de Dios en el redil humano
fue Cristo el buen Pastor que al mundo vino;
glorioso va delante del rebaño,
guiando su marchar por buen camino.
Madero de la cruz es su cayado,
su voz es la verdad que a todos llama,
su amor es el del Padre, que le ha dado
Espíritu de Dios que a todos ama.
Pastores del Señor son sus ungidos,
nuevos cristos de Dios, son enviados
a los pueblos del mundo redimidos;
del único Pastor siervos amados.
La cruz de su Señor es su cayado,
la voz de su verdad es su llamada,
los pastos de su amor, fecundo prado,
son vida del Señor que nos es dada. Amén.
Salmodia
Vendrá el Señor y no callará.
Salmo 49-I: El verdadero culto a Dios
El Dios de los dioses, el Señor, habla:
convoca la tierra de oriente a occidente.
Desde Sion, la hermosa, Dios resplandece:
viene nuestro Dios, y no callará.
Lo precede fuego voraz,
lo rodea tempestad violenta.
Desde lo alto convoca cielo y tierra
para juzgar a su pueblo:
«Congregadme a mis fieles,
que sellaron mi pacto con un sacrificio».
Proclame el cielo su justicia;
Dios en persona va a juzgar.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Vendrá el Señor y no callará.
Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza.
Salmo 49-II
«Escucha, pueblo mío, que voy a hablarte;
Israel, voy a dar testimonio contra ti;
Yo, Dios, tu Dios.
No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños;
Pues las fieras de la selva son mías,
y hay miles de bestias en mis montes;
conozco todos los pájaros del cielo,
tengo a mano cuanto se agita en los campos.
Si tuviera hambre, no te lo diría;
pues el orbe y cuanto lo llena es mío.
¿Comeré yo carne de toros,
beberé sangre de cabritos?
Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza,
cumple tus votos al Altísimo
e invócame el día del peligro:
yo te libraré y tú me darás gloria».
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza.
Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos.
Salmo 49-III
Dios dice al pecador:
«¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?
Cuando ves un ladrón, corres con él;
te mezclas con los adúlteros;
sueltas tu lengua para el mal,
tu boca urde el engaño;
te sientas a hablar contra tu hermano,
deshonras al hijo de tu madre;
esto haces, ¿y me voy callar?
¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara.
Atención los que olvidáis a Dios,
no sea que os destroce sin remedio.
El que me ofrece acción de gracias,
ese me honra;
al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios».
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos.
Versículo
℣. Escucha, pueblo mío, que voy a hablarte.
℟. Yo, Dios, tu Dios.
Primera lectura
Del libro de Job Job 6, 1-30
Respuesta de Job, afligido y abandonado de Dios
Job respondió así: Si se pudiese pesar mi aflicción, todos mis males en una balanza! Pesarían más que la arena del mar, por eso mis palabras desatinan. Tengo clavadas las flechas de Sadday, mi vida se ahoga en su veneno, me hacen frente los terrores de Dios.
¿Rebuzna el onagro ante la hierba?, ¿muge el buey ante el forraje? ¿Come alguien lo soso sin sal?, ¿tiene sabor la clara del huevo? Lo que me daba asco catar es ahora mi comida de enfermo.
Ojalá se cumpla mi deseo y Dios responda a mi esperanza, que tenga a bien aplastarme, dejarme de su mano y rematarme. Tendría al menos un consuelo: torturado sin piedad, exultaría, pues nunca he rechazado los decretos del Santo. ¿Me quedan fuerzas para aguantar?, ¿tengo una meta a la que aspirar? ¿Es mi fuerza la de las rocas?, ¿es mi cuerpo de bronce?
Ya no sé dónde apoyarme, estoy aislado sin ayuda. Quien retira la compasión al prójimo abandona el temor de Sadday. Mis hermanos engañan lo mismo que un torrente, como cursos de agua después de la crecida: bajan turbios a causa del deshielo, cuando sobre ellos se funde la nieve, pero en tiempo de estiaje se secan, con el calor se evaporan sus cauces. Desvían de su ruta a las caravanas, se adentran en el desierto y desaparecen. Los otean las caravanas de Temá, van en su busca los convoyes de Saba, mas su esperanza se ve defraudada, llegan allí y quedan confundidos.
Así sois ahora para mí: veis mi horror y lo teméis. ¿He dicho acaso: «Dadme algo, poned a mi servicio vuestros bienes; libradme de manos del opresor, de manos del violento rescatadme?
Instruidme y guardaré silencio, hacedme ver dónde está mi error. Las palabras razonables se escuchan a gusto, pero, ¿qué critican vuestras críticas? ¿Intentáis refutar mis palabras, voces desesperadas que arrebata el viento? ¡Seríais capaces de sortear un huérfano, de especular con vuestro propio amigo!
Pero tened a bien mirarme, que no os mentiré a la cara. ¡Volveos, juguemos limpio, volveos, que va en ello mi inocencia! ¿Encontráis falsedad en mis labios?, ¿no distingue mi boca el infortunio?
Responsorio
℣. Si pudiera pesarse mi aflicción, * y juntarse en la balanza mis desgracias.
℟. Serían más pesadas que la arena; por eso desvarían mis palabras.
℟. Y juntarse en la balanza mis desgracias.
Segunda lectura
San Buenaventura Opúsculo sobre el itinerario de la mente hacia Dios, 7, 1.2.4.6: (Opera omnia 5, 312-313)
La Sabiduría misteriosa revelada por el Espíritu Santo
Cristo es el camino y la puerta. Cristo es la escalera; y el vehículo, él, que es la placa de la expiación colocada sobre el arca de Dios y el misterio escondido desde el principio de los siglos. El que mira plenamente de cara esta placa de expiación y la contempla suspendida en la cruz, con la fe, con esperanza y caridad, con devoción, admiración, alegría, reconocimiento, alabanza y júbilo, este tal realiza con él la pascua, esto es, el paso, ya que, sirviéndose del bastón de la cruz, atraviesa el mar Rojo, sale de Egipto y penetra en el desierto, donde saborea el maná escondido, y descansa con Cristo en el sepulcro, muerto en lo exterior, pero sintiendo, en cuanto es posible en el presente estado de viadores, lo que dijo Cristo al ladrón que estaba crucificado a su lado: Hoy estarás conmigo en el paraíso.
Para que este paso sea perfecto, hay que abandonar toda especulación de orden intelectual y concentrar en Dios la totalidad de nuestras aspiraciones. Esto es algo misterioso y secretísimo, que sólo puede conocer aquel que lo recibe, y nadie lo recibe sino el que lo desea, y no lo desea sino aquel a quien inflama en lo más íntimo el fuego del Espíritu Santo, que Cristo envió a la tierra. Por esto, dice el Apóstol que esta sabiduría misteriosa es revelada por el Espíritu Santo.
Si quieres saber cómo se realizan estas cosas pregunta a la gracia, no al saber humano; pregunta al deseo, no al entendimiento; pregunta al gemido expresado en la oración, no al estudio y la lectura; pregunta al Esposo, no al Maestro; pregunta a Dios, no al hombre; pregunta a la oscuridad, no a la claridad; no a la luz, sino al fuego que abrasa totalmente y que transporta hacia Dios con unción suavísima y ardentísimos afectos.
Este fuego es Dios, cuyo horno, como dice el profeta, está en Jerusalén, y Cristo es quien lo enciende con el fervor de su ardentísima pasión, fervor que sólo puede comprender el que es capaz de decir: Preferiría morir asfixiado y la misma muerte. El que de tal modo ama la muerte puede ver a Dios, ya que está fuera de duda aquella afirmación de la Escritura: Nadie puede ver mi rostro y quedar con vida. Muramos, pues, y entremos en la oscuridad, impongamos silencio a nuestras preocupaciones, deseos e imaginaciones; pasemos con Cristo crucificado de este mundo al Padre, y así, una vez que nos haya mostrado al Padre, podremos decir con Felipe: Eso nos basta; oigamos aquellas palabras dirigidas a Pablo: Te basta mi gracia; alegrémonos con David, diciendo: Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi lote perpetuo. Bendito sea el Señor por siempre, y todo el pueblo diga: «¡Amén!»
Responsorio
℟. Quien guarda los mandamientos de Dios permanece en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio.
℣. Dios creó la sabiduría en el Espíritu Santo y la derramó sobre todos los vivientes, se la regaló a los que lo temen.
℟. En esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio.
Oración
Dios todopoderoso, concede a cuantos hoy celebramos la fiesta de tu obispo san Buenaventura la gracia de aprovechar su admirable doctrina e imitar los ejemplos de su ardiente caridad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
Conclusión
℣. Bendigamos al Señor.
℟. Demos gracias a Dios.
Permanezcamos en la paz del Señor.
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